9/1/15

Extraños Acontecimientos - PARTE II

Extraños Acontecimientos
PARTE II


· 17 de julio ·

    Anoche me acosté temprano. Pasé gran parte de la tarde trabajando en mi plan para recordar, así que no fue difícil caer rendido apenas toqué el colchón. Hoy desperté antes del amanecer, me preparé mi amado café, y ahora mismo estoy aquí sentado tomándolo, mientras repaso una por una las cosas que sé con toda certeza...

   Todo empezó el 12 de julio. ¿Todo empezó el 12 de julio? No, por supuesto que no. Todo empezó hace muchos 12 de julio, exactamente cuando tenía unos 12 años. Vivíamos en la ciudad, y mis padres compraron una cabaña para vacacionar, exactamente a 800 Km de mi hogar. Fuimos ese mismo invierno. Claro que mi madre no quería, ella prefería ir en el verano, cuando ya estuviese arreglada y equipada con todos los servicios y comodidades. Pero mi padre, un prestigioso y estresado abogado, quería descansar allí un par de días, y así fue.
    Llegamos los primeros días de julio. El único camino para llegar a la cabaña era una extensión de tierra aserrada por las lluvias, que se prolongaba desde la ruta principal hasta la estancia, lo que eran unos 150 Km de escuchar a mi padre quejándose de como iba a quedar el auto después de tal travesía, y a mi madre quejándose de mi padre.
   Me enamoré en cuanto la vi: la estancia era enorme, unas 120 hectáreas -según lo que mi padre repitió a sus amigos unas doscientas veces, y según lo que me confirmó el abogado de mi padre cuando heredé esas tierras-, y la cabaña era preciosa. Necesitaba pintura, colocación de servicios, y arreglos mínimos, pero era espaciosa, luminosa, y con un estilo rústico pero elegante, justo como la había imaginado desde que me informaron de la nueva adquisición.
   Los días pasaron de manera tranquila, con mi madre a los gritos por los insectos y las cosas que faltaban en la casa, mi padre intentando descansar, y yo husmeando a los alrededores. Me habían advertido que tuviese cuidado, los bosques eran naturales, había todo tipo de animales e insectos, y tal vez el terreno no fuese muy seguro, ya que parte de la estancia era cruzada por una diagonal de colinas de piedra, un lago y una gran cantidad de arroyos.
    ¡Estaba histérico de felicidad! Esto no era como ir a hoteles en los que lo que hacía era mirar todo el día la televisión. Todos los días me preparaba una mochila con alguna vianda ligera, una cantimplora con agua, un cuchillo, una soga, una brújula, y me iba de la cabaña apenas los primeros rayos de luz tocaban la tierra, cada jornada en una nueva dirección. ¡Me sentía como Indiana Jones! La mitad de los días volvía empapado, embarrado hasta las rodillas, con una colección de bichos en un frasco, uno que otro arañazo y, al cuarto día, con una gripe colosal. Claro, pleno invierno, zona húmeda, temperaturas de hasta -5º (durante el día), no eran una muy buena idea, o al menos eso fue lo que dijo mi madre con una voz nada melodiosa cuando vio la fiebre que tenía. Pero nada podía detenerme.
    El quinto día, y él último, mi madre me escondió la mochila. Según ella "cuando me diera hambre iba a volver". Tenía razón, y yo lo sabía. Así que me abrigué lo mas que pude, y cuando el sol había calentado un poco el aire, salí de la cabaña y me dirigí justo hacia el suroeste. Ya había recorrido todo el noreste, el sureste, y el noroeste (el cual me llevó mas tiempo por las colinas rocosas). El suroeste se veía más tranquilo, y por la ubicación de la cabaña, era el sector mas chico para recorrer, por lo que me pareció la opción mas segura y adecuada para mi malestar.
    Caminé lentamente durante aproximadamente una hora, siempre con la brújula en la mano para no perder el rumbo. Escuchaba a los pájaros cantar, el sol calentaba mi piel afiebrada, y yo era feliz a pesar de las nubes de mosquitos, ¡eras mis mejores vacaciones! Todo era perfecto, hasta que las agujas de la brújula empezaron a girar descontroladas sin un motivo aparente. Después de agitarla con insistencia, obviamente en vano, miré hacia el frente: el bosque parecía hacerse muy tupido justo ante mi. Hileras e hileras de árboles se agolpaban, casi sin dejar pasar la luz a través de ellos. Metí la brújula en mi bolsillo, apreté mi bufanda, y me introduje en ese amasijo de vegetación indistinguible. Tardé aproximadamente 40 minutos en atravesar ese aglomerado de bosque de no mas de 30 m de espesor.
    Apenas pude salir, me tumbé en el suelo tapizado de pastos verdes y cortos. El sudor me empapaba, la fiebre y el esfuerzo me habían jugado una mala pasada. Cuando pude descansar lo suficiente, y recomponerme, examiné mi alrededor: la arboleda formaba un anillo perfecto de unos 80 m de diámetro, el suelo estaba cubierto de ese pasto muy corto, y justo en medio de esa extensión circular había un pozo de agua, de esos que había visto en películas del lejano oeste. ¡Increíble!
    ¿Todo empezó el 12 de julio? No, por supuesto que no. Todo empezó exactamente en el momento en que, con mis 12 años de edad y una fiebre alarmante, me paré sobre mis pies en aquel claro del bosque, me acerqué hasta el borde del pozo, y vi su interior...

No hay comentarios.:

Publicar un comentario