16/1/15

Extraños Acontecimientos - PARTE III

Extraños Acontecimientos
PARTE III


· 17 de julio (Continuación) ·

    Ahí estaba, con mis 12 años, mi fiebre, y mis manos aferradas al borde del pozo, a punto de asomarme para ver su interior. Mi mente fantaseaba excitada por todas las extrañas ideas que la invadían. Cerré los ojos, me incliné hacia adelante, y los abrí nuevamente: estaba lleno de agua casi por completo, y justo bajo mi cuerpo tembloroso, sobre el espejo de agua, mi reflejo fiel.
    Fue un poco decepcionante, ¡lo reconozco! Para mi cabeza soñadora y aventurera, ver que ese pozo ubicado en el centro de ese claro extenso y perfecto, rodeado por esa muralla impenetrable de vegetación imponente, solo estaba lleno de agua, fue como un puñetazo. Yo imaginaba que dentro habría un dragón, o sería el portal a otro mundo, pero no: solo agua, cristalina y calma, llenando un pozo al que el fondo no se le veía. Podía escuchar a mi madre, en mi mente, diciéndome que tenía demasiada imaginación, que debía dejar de lado las historias de castillos y monstruos. Tal vez tenía razón.
    Estaba absorto en mis pensamientos, casi adormecido y ajeno a mi entorno, sin dejar de ver mis ojos en la superficie del agua, cuando pasó... ¡De pronto mi reflejo me guiñó el ojo! Me quedé paralizado, ¿Cómo podía ser? Me repetía a mi mismo que no podía ser, que era una locura, que tal vez estaba dormido, o incluso alucinando por la fiebre, pero me dijera lo que me dijera, no podía moverme de aquel lugar. Seguí viendo mi reflejo, ahora con los ojos enormemente abiertos y sin pestañear. Pasé así un par de minutos, y nada sucedía, así que comencé a suponer que había sido solo mi idea. Justo entonces, mi reflejo me sonrió con una sonrisa amplia y divertida, muy distinta a la mueca contorsionada que hacía mi boca en ese instante. Asustado, retrocedí un par de pasos sin voltearme, y me dejé caer sobre la hierba, y ahí me quedé.
    Tenía miedo, pero no podía irme con la duda de si lo había imaginado, o no. Así que tomé coraje, me paré, y caminé hacia el borde. Cuando me asomé al estanque, también él lo hizo. Me sonrió, alzó su mano y me saludó, dejándola apoyada bajo la superficie, como si fuera un cristal, invitándome a que pusiera la mía sobre la suya. Dudé unos instantes, pero después de todo, ¿qué podía hacerme un simple reflejo? Acerqué mi mano temblorosa y sudada a la suya con lentitud, y cuando la toqué, sentí su piel cálida y suave. No parecía un simple reflejo.
    Permanecimos así unos minutos, y algo pareció cambiar en su sonrisa. Sus ojos se oscurecieron, frunció el ceño, su sonrisa se volvió perturbada y demente y, antes de que yo pudiera reaccionar, sujetó mi mano con fuerza y me jaló dentro del pozo. Sentía como tiraba de mi hacia el fondo, cada vez estaba mas oscuro y ya casi no distinguía nada. Veía a esa copia de mi mismo llevándome hacia abajo, y mi debilidad no me permitía hacer nada. Casi perdía la conciencia, la oscuridad era tan grande que pensé que estaría llegando al fin del estanque, cuando de pronto mi otro yo desapareció como por arte de magia, y distinguí luz donde debía haber negrura. Supuse que el tanque tendría salida a otro sitio. Miré hacia atrás, y la boca del pozo se veía demasiado lejana, ¡no iba a llegar! Seguí nadando en la misma dirección. Saliera donde saliera, estaba seguro de que podría volver a casa
    Por fin pude salir, nunca en mi vida había respirado con tanta desesperación: llenaba mis pulmones hasta que me dolían, sin pensar en ninguna otra cosa. Cuando pude tranquilizarme, miré hacia abajo y vi que dos cosas eran ciertas: la primera fue que muy al fondo, y casi imperceptible, se veía la luz de la boca del pozo por la cual fui arrastrado; la segunda fue que mi otro yo ya no estaba.
    Estaba mas tranquilo, pero era evidente que la fiebre había aumentado. Sabía que debía volver a casa, así que me concentré en descubrir dónde estaba, y como regresar. Miré a mi alrededor, y me llevé la segunda sorpresa mas grande de mi vida: el lugar al que había salido era exactamente igual a aquel por el que había entrado. Salí de la boca del estanque y, tambaleante, recorrí con la vista todo: el pozo, el claro, la arboleda circular y frondosa. ¡No podía ser!
    Estaba totalmente desorientado y aterrado. Saqué la brújula de mi bolsillo y vi que aun giraba sus agujas como loca. El cielo empezaba a oscurecerse, y el frío congelaba mis ropas empapadas. Me desesperé totalmente, empecé a correr en la dirección que eligieron mis pies, crucé la franja de bosque tupido a fuerza de arañazos, cortaduras y golpes, salí al otro lado, y seguí corriendo un par de kilómetros hasta que perdí de vista aquel extraño lugar. De pronto la vista se me nubló, para luego ennegrecerse, y caí sin conciencia al suelo.
    Desperté en mi casa, en la ciudad, a los 3 días del hecho (según me dijeron). Mi padre estaba preocupado, y mi madre desconsolada. El doctor venía todos los días a verme, lo cual fueron muchas visitas ya que la neumonía tardó 2 meses en abandonarme. Les conté todo lo que me pasó y sucedió lo obvio: no me creyeron. Lo adjudicaron a la fiebre, dijeron que debí caerme por accidente al estanque, y que me pareció salir por otro lado pero que en realidad salí por el mismo sitio, que imaginé el asunto de la brújula descompuesta y el reflejo vivo. No importó cuanto insistí, mi padre dio por cerrado el asunto.
    Ese verano no fui con ellos, me quedé con la hermana de mi padre las dos semanas que ellos no estuvieron. Y el siguiente, y el siguiente. Recién el verano en que cumplí 15 años volví a la cabaña. Ni por asomo me acerqué a ese sitio,ni esa vez, ni los siguientes veranos. Con el tiempo fui aceptando que había sido todo una alucinación de mi malestar, y por fin olvidé el asunto.
    Los años pasaron, hoy tengo 38 y soy escritor. Mis padres murieron en un accidente en el verano y, como hijo único, heredé todo. Tardé meses en arreglar los papeles de mi padre, vender su parte de la sociedad del estudio de abogados, y demás. Recién ahora, en el invierno, decidí venir a pasar unos días a la cabaña, relajarme, y respirar de tanto sufrimiento y papeleo.
    Nunca se me cruzó por la cabeza que pudiera pasarme lo que me pasó...

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